Desde que el hijo del primer ser humano nacido en la tierra, Caín según el Génesis, se convirtió en el primer asesino de nuestra historia, la violencia ha sido una constante en el devenir del ser humano.
Según los científicos, todo empezó hace unos 10.000 años durante el Neolítico cuando el ser humano pasó del nomadismo al sedentarismo al descubrir que podía domesticar algunas especies animales y cultivar la tierra. Los animales domesticados servían tanto para el trabajo como para alimento de las personas al igual que los vegetales cultivados. Ambos se convierten así en recursos imprescindibles que había que cuidar, pero sobre todo proteger para sobrevivir.
La supervivencia es incompatible con el hambre por lo que la necesidad de protección de los animales y de los terrenos cultivados se convierte en una prioridad. Los animales se encierran en establos, los terrenos de cultivo se cercan y la vigilancia para evitar robos se impone, especialmente en tiempos de penuria cuando las plagas, incendios y una naturaleza desfavorable provocan hambrunas que hay que superar. Pero no todos tienen los mismos recursos. Los que no los poseen utilizan la fuerza para arrebatárselos a los que los tienen, de tal manera que la violencia se naturaliza en el ser humano y supone, incluso hoy en día, el mayor problema que aqueja a la humanidad.
En la actualidad según el Informe de Índice de Paz Global “el mundo enfrenta 56 conflictos simultáneos, la cifra más alta desde la II Guerra Mundial”, entre otros, además de la masacre que Israel está provocando entre los civiles de Gaza y la invasión de Ucrania por Rusia, podemos señalar entre otros: Siria, Yemen, Congo, Myanmar, el Sahel, Afganistán, Sahara Occidental, Pakistán, Cachemira, Irán y así hasta noventa y dos países implicados.
La violencia no es por tanto congénita, sino adquirida, forma parte de la cultura del ser humano, de su comportamiento como miembro de la sociedad. El ser humano es conflictivo de forma innata, pero es la cultura la que le convierte en pacífico o violento. La fuerza que ejercen unos seres humanos sobre otros es producida por una violencia híbrida, mezcla de naturaleza y cultura.
Pero la violencia tiene varias caras, la más conocida es la directa, una violencia que puede ser verbal, psicológica y por supuesto física, cuando hay un agresor o una agresora. Hay una segunda violencia más sutil, la estructural, es la violencia institucional, la silenciosa, la que no se ve y que se origina con la pobreza, la represión, la contaminación y también con la alienación, en definitiva, basada en la injusticia social. El tercer tipo de violencia es la cultural, la que se ejerce desde las ideas, normas, valores, tradición, etc. Es una violencia ideológica de la que se impregnan algunas tradiciones culturales, como la “mutilación genital femenina” que todavía hoy se practica en muchos países. Existe también una violencia simbólica mediante rituales que dan reconocimiento a la violencia estructural y directa. Es la violencia donde mejor se reflejan las figuras del “dominador” y de los “dominados” y dónde estos últimos no son conscientes del dominio sutil que se ejerce sobre ellos, de alguna manera se convierten en cómplices de su propia dominación. Finalmente tenemos la violencia híbrida, un compendio de todas las anteriores. Decía el filósofo árabe Averroes, “la ignorancia lleva al miedo. El miedo lleva al odio, y el odio lleva a la violencia”. Damos por buena cualquier información no contrastada, como la mayoría de las que se generan en las redes sociales y que peligrosamente empiezan ya a formar parte de nuestra cultura, de nuestro comportamiento como seres sociales.
Todos y todas somos diferentes, pero a la vez iguales en derechos. Demasiado a menudo oímos, sobre todo a partidos de ideología ultra, que hay que expulsar a los inmigrantes ilegales. Parafraseando al rapero El Chojin “ningún ser humano puede ser ilegal, lo ilegal es que un ser humano no tenga dignidad”. ¿Cómo puede ser ilegal una persona que viene a nuestro país para sobrevivir, no será que tememos al que tiene unos esquemas mentales distintos a los nuestros y por eso se le discrimina?
El miedo nos hace ser intransigentes con el diferente incluso en nuestra propia sociedad, así ha ocurrido siempre. En la Edad Media se quemaba a las brujas cuando no se encontraba un motivo para justificar los males que sufría la sociedad, era el chivo expiatorio, figura todavía hoy vigente para echar las culpas y descargar responsabilidades en otras personas inocentes. No nos gusta asumir nuestros fallos y cargar con ellos, es mejor elegir una víctima que no se alinea con nuestro sistema. Marie Curie (1867-1934) que obtuvo ambos premios Nobel de Física y Química decía que “Nada debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos”
En la mayoría de los casos, es el aspecto exterior el que decide la discriminación, sea por el sexo, el color de la piel o un aspecto físico diferente porque visibiliza un problema que no queremos compartir y que genera violencia en cualquiera de sus facetas. Por eso la frase de Marie Curie está más vigente que nunca. Comprender significa avanzar, aceptar, dejar atrás prejuicios injustificados para construir una sociedad más justa, equitativa y solidaria.
Juan Carlos Redondo
Antropólogo Social, 73 años.
