¡Ay, madre!, que ya huele a pólvora. Cuando queda poco para nuestra gran fiesta del día de San Marcial, muchos iruneses e irunesas relacionan los días que faltan con el olor a pólvora de las descargas de fusilería del día del Alarde, esa fecha emblemática del 30 de junio. Cuántos recuerdos evoca nuestra memoria de este día que empiezan a vislumbrarse con la hoguera de San Juan la noche del 23 de junio, cuando los chicos y chicas del barrio recogíamos enseres viejos, cartones, madera, etc. para quemarlos en la hoguera a la vez que disparábamos cohetes y hacíamos explotar petardos que habíamos comprado en una tienda cercana a la Plaza de Urdanibia con el dinero recaudado puerta a puerta entre los vecinos del barrio.
Hacía ya días que se oían las melodías del Alarde que ensayaban los pífanos y tambores para que sonaran acompasadas y contundentes. Recuerdo la primera vez que desfilé, debería tener 14 años, allá por el año 1966. Desde que tenemos uso de razón los iruneses estamos pensando en desfilar en el alarde, antes hay que elegir como hacerlo, si tocando el txilibito, el parche, el redoble o ir de escopetero. Elegida la Cantinera se programaban tres días de ensayos para que todo saliera perfecto el día 30 de junio. Creo recordar que en aquella época comandaba la compañía del Barrio de San Miguel el Capitán Luciano López, lo hizo durante muchos años y llegó a ser muy querido. Recuerdo también como un gran Capitán a Feliciano Castillo. Si ostentar la alcaldía de la ciudad era importante, no lo era menos ser el capitán de la compañía de tu barrio en el alarde del día de San Marcial.
Recuerdo que mi madre fue al comercio Los Boes, que ya no existe, para comprar la ropa blanca, la boina roja y las alpargatas, la chaqueta negra normalmente se reciclaba alguna que hubiera por casa o se pedía prestada, lo mismo pasaba con las escopetas y los tambores, no así los txilibitos, estos normalmente se compraban. Había unos modelos franceses de color de hueso, aunque no recuerdo bien la marca, pudiera
ser Lacoste o Lafitte.
Los ensayos de la compañía se hacían desfilando por el barrio con ropa de paisano, así la cantinera elegida podía ir perdiendo el miedo escénico y de paso lo perdían también los que iban a desfilar por primera vez. Para estos últimos el día de San Marcial comenzaba con el txupinazo que el Ayuntamiento hacía explotar a las seis de la mañana en distintos puntos de la ciudad, en nuestro barrio se colocaba en el puente del ferrocarril al final del paseo de Colón. A partir de ahí comenzaban los nervios, la vorágine, la ilusión, la carne de gallina, no importaba el tiempo que hiciera, el alarde no se suspendería por las inclemencias del tiempo, aunque en el año 1976 casi se suspende en el desfile de la tarde por algunos altercados de carácter político. Recuerdo a nuestra cantinera Mari Carmen Polo llorando por los nervios de ese momento; al final todas las compañías optaron por acabar el desfile “desboinados” en señal de protesta.
Siguiendo con la liturgia del día de San Marcial la compañía se concentraba a las siete de la mañana en la calle de la Estación y una vez formados íbamos a recoger a nuestra cantinera a su domicilio donde se nos obsequiaba con un desayuno. Después se desfilaba por el barrio y recuerdo con cariño la visita que hacíamos al Colegio de San Vicente de Paul, donde estaba el dispensario de la Cruz Roja. Allí las Hermanas del
convento salían a recibirnos y a aplaudir a nuestra cantinera, era un momento que vivíamos con emotividad. De allí volvíamos al punto de partida donde nos estaba esperando la Tamborrada del Alarde para acompañarnos a la Plaza de Urdanibia: era nuestro derecho y privilegio por ser, como rezaba en nuestro banderín, la 1ª Compañía del Pueblo.
A medida que fuimos creciendo íbamos volando por nuestra cuenta y raro era el año que no hacíamos “gau-pasa” la víspera el alarde. Había un acto, entonces fuera del programa, que se llamaba la Alborada. Al principio íbamos muy pocas personas, luego se popularizó y se masificó. Eran tres componentes de la Banda de Música, según el Diario Vasco, Julio Tife y Manolo Monserrat a la trompeta y Dionisio Zabala al redoble,
algo que comenzó de manera espontánea en el año 1943 y que acabó incluyéndose en el programa oficial de fiestas. Recorrían la ciudad desde las cuatro de la mañana hasta la hora de la Diana en la Plaza de San Juan a las seis de la mañana y mientras se interpretaba, a pesar del gentío allí congregado, se guardaba un respetuoso silencio.
Acabado el desfile matutino algunos subían a la campa del monte San Marcial y otros íbamos a almorzar para después ir a descansar a casa a recuperarnos para el desfile de la tarde que salía de la Plaza Urdanibia y terminaba en la entonces Plaza de España, hoy Plaza del Ensanche. Desde allí cada compañía enfilaba a su barrio para acompañar a la cantinera a su casa y disfrutar del refrigerio que nos daba su familia. Eran 24 horas de celebración y si me tengo que quedar con algún momento del Alarde elegiría la entrada del General con su caballo al galope en la Plaza de San Juan. Cómo olvidar aquellas majestuosas y emocionantes entradas del General Patxo Rodríguez.
Hoy son otros iruneses e irunesas los que disfrutan de la fiesta, nuestra sociedad ha cambiado, resulta inevitable, pero la esencia del Alarde permanece.
¡Viva San Marcial – Gora San Marzial!
Juan Carlos Redondo
Antropólogo Social, 72 años.

Felicidades por los acertados comentarios