No sé lo que puede dar de sí esta serie de Memorias, pero mientras el recuerdo esté accesible seguiremos evocando momentos de nuestra infancia, de nuestra adolescencia y de nuestra juventud; momentos todavía entonces utópicos, pero a la vez esperanzadores de lo que queríamos llegar a ser, sin saber todavía si lo lograríamos, pero para eso está la utopía, para avanzar. Entonces el tiempo no contaba tanto, hasta que alcanzamos la madurez y las prisas fueron limitando nuestro devenir, encasillándolo en una realidad de la que era difícil escapar, hasta añorar con nostalgia nuestro pasado reciente, que ya no volvería.
Seguía creciendo en el Barrio de San Miguel, junto a las vías del tren, con dos anchos de vía, ya que los trenes franceses llegaban hasta Irun, pero con la máquina al revés, y de ahí aquella sonatina que cantábamos cada vez que veíamos venir un tren del otro lado de la frontera: …el tren francés con la máquina al revés… Incluso al acrónimo SNCF de los trenes franceses, le sacamos también nuestra particular definición: Se Necesitan C… Fuertes, pues había también una cierta rivalidad entre lo español y lo francés. Nos creíamos los amos del mundo sin ser conscientes de la falta de derechos que nuestra sociedad soportaba, aunque a nuestra edad las ansias de libertad no iban mucho más allá de poder jugar sin límites.
Los juegos eran una parte muy importante de nuestra vida y curiosamente cada temporada del año tenía su juego específico, además de la diferencia entre los juegos de las chicas y los chicos. En un momento determinado del año llegaba la peonza: hacíamos pasar por el agujero de una moneda de dos reales una cuerda que enrollábamos a la peonza y la lanzábamos al suelo para hacerla bailar y de paso, con la punta metálica, intentábamos golpear las de nuestros compañeros de juego ¡qué puñeteros éramos!
Luego venía la época del ciclismo que empezaba en el mes de mayo con la Vuelta al Bidasoa para seguir con la Vuelta a España y el Tour de France. Era entonces cuando forrábamos algunas chapas de las botellas de bebidas con las caras de nuestros ciclistas favoritos: Bahamontes, Manzaneque, Perurena, Pérez-Francés, Gabica, Mariano Díaz, Julio Jiménez y, por supuesto, nuestro Errandonea –que llegó a ganar una etapa del Tour– y tantos otros, sin olvidarnos de los míticos ciclistas franceses donde destacaban Anquetil y Poulidor. Con una tiza dibujábamos un circuito sobre la acera y ganaba el que primero llegaba empujando las chapas con los dedos medio y pulgar. El riesgo era salirse del circuito y tener que volver a empezar.
Las chicas hacían su guerra particular, recuerdo que jugaban, entre otras cosas, al “Toco”: pintaban con tiza unos cuadros numerados en el suelo y saltaban sobre ellos a la pata coja para acabar en el último cuadro con los dos pies en el suelo. Por supuesto no podía faltar tampoco el salto de la cuerda, ganaba la que más saltos daba sin tropezarse. Todos esos artilugios, cromos, peonzas, ciclistas, cuerdas… los comprábamos en “La Laite” de la calle Zubiaurre; sus dueños eran valencianos y se apellidaban Esteve, lo sé porque coincidí con uno de sus hijos como compañero de pupitre en el colegio, que luego siguió con el negocio de helados de sus padres. Esteban creo que se llamaba.
Otro de los juegos de los chicos era el “hinque”, consistía en sacar punta a unos palos de unos 30 o 40 centímetros y había que lanzarlos sobre una superficie blanda para que se hincaran. Ganaba el que lograba tumbar más palos de los compañeros. Y, cómo no, las canicas, con ellas jugábamos al “Guá”, un agujero hecho en el suelo y al que había que llegar lanzando la canica con el sistema de “arras, manos y pies”.
Por supuesto estaban también los deportes, donde el futbol ya era entonces el rey: teníamos nuestro propios héroes locales, los del Real Unión. Me acuerdo del portero Vallejo y de un tal Larrea de la calle Iglesia que años más tarde falleció en un accidente de tráfico. Para los que se acuerden de ellos ya pueden hacerse una idea de qué época estoy hablando, la década de los 60 del siglo pasado. En el futbol, como en todos los deportes, los había más y menos habilidosos, yo era de los segundos, pero no por falta de ganas. Para elegir los equipos se hacían “pies”, los que hacían de capitanes de cada equipo se ponían a una distancia de unos dos o tres metros e iban avanzando enfrentados entre sí poniendo un pie detrás de otro hasta que uno de ellos pisaba al contrario y era el ganador. El premio consistía en empezar a elegir a sus compañeros de equipo de entre los que consideraban los mejores. Al final, como en todo, se trataba de ganar. Una gloria efímera que duraba lo que se tardaba en montar otro partido de revancha. Todavía el balonmano en Irún no era lo que supone hoy, pero eso lo contaremos cuando lleguemos a esa época de nuestra vida.
No faltaba tampoco la pelota a mano, cualquier pared valía para jugar. Se dibujaba con tiza una línea horizontal como si fuera la chapa imaginaria de los frontones. Como éramos muchos los que queríamos jugar a la vez lo hacíamos a “barrenes”, que consistía en pegar a la pelota que venía rebotada de la pared y el que fallaba se iba a la calle, así hasta que solo quedaban dos y finalmente un ganador que obtenía un barrén. Cuando empezaba de nuevo el juego, si fallaba el que tenía barrenes, no se iba a la calle sino que se le iban descontando los barrenes hasta que solo le quedaba uno y si volvía a fallar tenía todavía una vida, que llamábamos zería. Recuerdo que en el colegio había un fenómeno de la pelota, un tal Erauskin (en aquella época con Q). Como dirían ahora los y las jóvenes, acumulaba barrenes a mogollón.
Recuerdo que también jugábamos a “los nombres”, alguien hacía una pregunta y había que averiguar la respuesta, por ejemplo, ¿nombres de camiones?, se daba un salto hacia adelante e íbamos respondiendo uno a uno, hasta que alguien fallaba. Por supuesto no podía faltar “el juego del escondite” y el del “Burro”, que no sé si se llamaba así por el animal o por las burradas que hacíamos.
Seguro que había muchos más juegos y pasatiempos, cada uno y cada una tendrá su propio recuerdo que nos enseña a valorar aquellos tiempos que ya no volverán, pero que tampoco nunca se fueron.
A las puertas de la Navidad, os deseo a todas y todos un Zorionak eta Urte Berri On, muy grandes. Es un momento propicio para que, como decía la Madre Teresa de Calcuta, “que nadie llegue jamás a ti sin que al irse se sienta un poco mejor y más feliz”.
Juan Carlos Redondo
Antropólogo Social, 72 años.
