El pasado 19 de noviembre de 2024, se conmemoraba el 205º aniversario del Museo del Prado, inaugurado un 19 de noviembre de 1819. Con el Louvre de París, el Metropolitan de Nueva York, el Hermitage de San Petersburgo en Rusia y el British Museum de Londres, forma parte de la élite de las cinco mejores pinacotecas del mundo.
Allí se exponen más 30.000 obras de las cuales, alrededor de 8.000 forman parte de su colección de pintura y donde destacan autores tan importantes como el Bosco, Tiziano, el Greco, Rubens, Velázquez o Goya, entre otros. Son muchas las pinturas reseñables, pero sin duda la más contemplada es Las Meninas con su formato de más de 3 metros de alto y casi 3 metros de ancho, pintado por el artista sevillano Diego Velázquez (1599-1660) y terminado en 1656.
Curiosamente el nombre de Las Meninas es relativamente reciente, del siglo XIX, ya que hasta entonces estaba inventariado con el título “La familia de Felipe IV”. El nombre hace referencia a las Damas de Honor situadas a ambos lados de la Infanta Margarita, hija de los reyes Felipe IV y su esposa Mariana de Austria, que en el cuadro están reflejados en el espejo del fondo. En el cuadro aparecen nueve personajes además del reflejo de los reyes y un perro, que por cierto se llamaba Salomón, además del propio pintor detrás del lienzo que está pintando.
Las Meninas es un cuadro enigmático ya que son varias las preguntas que quedan sin respuesta, hasta el punto de que para el filósofo francés Michel Foucault (1926-1984) la pintura dio origen a uno de sus libros más reconocidos “Las palabras y las cosas”. Para Foucault el observador que acude al museo a ver el cuadro forma parte de este, participa en su representación. Porque, ¿qué es lo que está pintando Velázquez? No lo podemos saber, el lienzo está de espaldas al espectador, ni siquiera sabemos en qué momento del proceso se encuentra, si al inicio o dando la última pincelada. El pintor está en su estudio de la Corte y el cuadro representa la visita que la Infanta Margarita y sus Meninas, además de su séquito habitual, hacen al pintor en su lugar de trabajo. A su vez los reyes, padres de la Infanta aparecen también de visita y al estar reflejados en el espejo es como si estuvieran del lado del observador que visita el museo. Incluso pudiera ser que Velázquez insinuara estar pintando a los observadores situados frente al cuadro a lo largo de estos casi 370 años desde que se terminó de pintar, como si diariamente posaran para el pintor. Cuantas personas, si pudieran viajar en el tiempo le preguntarían a Velázquez qué estaba pintando. Por lo tanto, en el cuadro hay “dos escenas”, una interior que es la pintura misma que observamos y, otra exterior, que es la que los personajes del cuadro miran y que podríamos ubicar de nuestro lado como espectadores, es decir, cuando miramos la obra como espectadores es como si los reyes estuvieran junto a nosotros. Las miradas de algunos de los personajes clavan sus ojos en los nuestros y de esa manera nos incluyen en el cuadro.
Velázquez también tiene su protagonismo, además de ser el artista autor, ya que se representa a sí mismo mediante un autorretrato, incluyéndose dentro de la escena, está pintando desde dentro del cuadro.
De todos los personajes representados, hay uno que simbólicamente ocupa el lugar original del espectador, es el personaje que está al fondo del cuadro, en el quicio de la puerta, él es el auténtico espectador, el único que desde su posición ve toda la escena, ve todo el cuadro, incluso al eventual observador. La historia nos dice que su nombre era José Nieto Velázquez, a la sazón chambelán de la reina y guardián de los tapices reales. La gran pregunta es si vemos o nos están viendo. Si tienen oportunidad de visitar en el futuro el Museo del Prado y cuando se coloquen delante de Las Meninas, siéntanse protagonistas, pueda ser que estén posando para Velázquez.
Juan Carlos Redondo
Antropólogo Social, 72 años.
