Según fuentes del IMSERSO, a fecha 1 de enero de 2022 había en España algo más de nueve millones de personas con 65 y más años, cifra que supone alrededor del 19% de la población total española, mientras que la población infantil hasta los14 años, apenas alcanza el 14% 

Por lo tanto y cuantitativamente las personas mayores de 65 años representan un colectivo muy importante de la sociedad y ya solo por ello les correspondería tener al menos el mismo porcentaje en la toma de decisiones que les afectan y no solo desde el punto vista económico y social, sino también político. En nuestra sociedad es habitual que al colectivo de mayores se les reconozca con el apelativo de jubilados, lo cual es cierto en la mayoría de los casos, pero, en mi opinión, es una forma sesgada y cicatera para denominar a este colectivo, especialmente por personas que por edad no forman parte de él, pero que algún día llegarán a serlo. Por lo tanto, se trata de una construcción social interesada que pretende, consciente o inconscientemente, minusvalorar a este colectivo de mayores, que todavía tiene mucho que decir. 

Craso error, pues la persona, con independencia de su edad, puede ser útil a la sociedad hasta el final de su existencia; no importa si han tenido estudios o no, o si estos han sido básicos, si gozan o no de una economía holgada, incluso aunque la salud no los acompañe totalmente, porque todos y todas tienen el poder de la experiencia, algo que sólo se alcanza con la edad, aquello que han hecho durante sus sucesivas etapas de la vida formando parte de la sociedad, es decir, haciendo cultura. Por ello, la experiencia vital es un valor en sí mismo y lo deseable es que pueda transmitirse a las futuras generaciones. Los recuerdos forman parte de nuestra existencia y debemos compartirlos tal y como los recordamos. 

Una iniciativa plausible sería que las personas mayores pudiéramos acudir a los colegios para mantener un coloquio con las y los alumnos, ¡cuántas cosas podríamos contarles!, desde cómo era nuestra vida cuando teníamos su edad, cómo era nuestro barrio, nuestras familias, nuestras diversiones, nuestras emociones y todo ello, sin ni siquiera una triste televisión, teníamos la fortuna de depender de nosotros mismos, podíamos concebir nuestro futuro a la medida de nuestras expectativas, de nuestras ilusiones y también de nuestras esperanzas, sin artilugios que nos condicionaran o anularan nuestro raciocinio. Pero nosotros también habíamos evolucionado con respecto a la generación de nuestros padres, ellos vivieron una guerra civil y sufrieron también las consecuencias de una guerra mundial que asoló Europa en el segundo cuarto del siglo XX y por supuesto las generaciones actuales han evolucionado también con respecto a la nuestra. 

Ese conocimiento global lo tienen ahora sólo las personas mayores y es impagable mientras la memoria les respete, porque permitiría entender muchas cosas del pasado, de cómo se ha construido el presente y también para no repetir los mismos errores, que sin duda los hubo, en el futuro. 

La actual directora general del Imserso, Mayte Sancho, en una reciente entrevista en El Diario Vasco decía refiriéndose a las personas mayores: “Socialmente es inaceptable que a alguien se le trate mal por su edad, y mucho menos por su fragilidad”. No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación. Las personas mayores acumulan mucho de todo, experiencias, conocimientos, argucias de supervivencia, han vivido tantas cosas que sería imperdonable no poder compartirlas y desde luego mereciendo respeto, cariño y reconocimiento social, en definitiva, una sociedad que se preocupe por sus mayores. 

En su fragilidad la persona mayor tiene capacidades que generaciones más jóvenes no poseen, son capaces de empoderarse a sí mismos y se adaptan mucho mejor a la adversidad, han vivido tantos cambios en su vida que son capaces de convertir los problemas en oportunidades, en definitiva, son personas con resiliencia, esa palabra tan de moda en nuestros días. 

Las personas mayores somos un colectivo socialmente importante que se resiste a ser un actor pasivo en nuestra sociedad, no podemos conformarnos con sobrevivir, sino que debemos VIVIR con toda la intensidad que nos sea posible lo mucho o poco que nos quede de vida y si lo hacemos ayudando de alguna manera a nuestros semejantes nos sentiremos todavía más recompensados. 

Ser persona mayor cuenta y cuenta para bien. 

Juan Carlos Redondo 

Antropólogo Social, 71 años. 

Nagusinet
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