Creo que hay que diferenciar claramente entre el pueblo de Israel y su gobierno actual. Me atrevo a decir que muchas y muchos israelitas no comparten la política de agresión que el gobierno de Benjamín Netanyahu está llevando a cabo contra el pueblo gazatí en Palestina. No es lo mismo combatir a una organización como Hamás en represalia por los ataques de octubre de 2023 que supuso la muerte de 1.200 personas israelitas y 251 secuestrados, que atacar y asesinar indiscriminadamente a la población civil de Gaza. Según la BBC son ya más de 50.000 palestinos los que han muerto a manos del ejército de Israel.

Estas son las cifras frías, no solo suponen una balanza desequilibrada, sino que además parecen no tener fin hasta que el gobierno del primer ministro israelí se sacie de tanta sangre derramada. Además, a estas cifras se suman ahora, las muertes por inanición que cada día que pasa se ceba en los más débiles, niños, niñas y personas mayores, pero que ya está afectando a toda la población e incluso a trabajadores de ONG’s y periodistas; por no hablar de la destrucción total de los servicios de asistencia sanitaria y el colapso económico de la Franja de Gaza.

No puedo entender esta locura. Hace unos días tuve la oportunidad de ver nuevamente la película “La Lista de Schindler”, una historia basada en hechos reales donde el horror de los campos de exterminio nazi sobre los judíos se nos muestra en toda su crudeza. Acabada la película es inevitable empatizar con el pueblo judío y su sufrimiento ante el holocausto nazi. De víctimas, los israelíes se han convertido en verdugos, donde solo cuenta la destrucción total y genocidio del pueblo gazatí, sea mediante las armas o matándolos de hambre, hasta el punto de que recientemente ciudadanos egipcios, desesperados, están arrojando al mar botellas de plástico con arroz dentro con la esperanza de que la marea acerque las botellas a la costa gazatí y puedan ser recogidas por sus ciudadanos y ciudadanas. Puede ser una iniciativa simbólica para una población de algo mas de dos millones de habitantes, pero necesaria ante la impotencia de no poder ayudar directamente, se lo impide Israel. “Perdonadnos, dicen los egipcios, somos incapaces de hacer algo por vosotros”. El representante de la ONU para los refugiados palestinos describe de forma breve pero contundente la situación: ”Los habitantes de Gaza no están muertos ni vivos, son cadáveres ambulantes”.

Es cierto que se están dando algunos pasos, como el anuncio reciente del presidente de Francia, Macron, de que en septiembre reconocerá al Estado Palestino, algo que ya hizo España en mayo de 2024. El gobierno alemán, según Le Courrier International, tradicional aliado del pueblo judío ha llegado a cuestionarse, “su sostenimiento a Israel: la paciencia de Berlín tiene sus límites”: Espero que otros países vayan tomando posturas similares. Israel debe saber que el resto del mundo, salvo excepciones, no comparte el genocidio al que está sometiendo al pueblo gazatí y que ello tendrá consecuencias, no solamente económicas sino también éticas y de conciencia para su pueblo.

En la filosofía hebrea, existe un concepto que es valioso y universal, TIKUM OLAM, una idea por la cual es responsabilidad de cada ser humano reparar el mundo, no salvarlo ni destruirlo para reconstruirlo, sino simplemente repararlo. El concepto de reparar es hermoso, ya sea la ecología, la sociedad, los sentimientos, o simplemente la franja de Gaza, pero es el propio pueblo de Israel quien debe instar a su gobierno a que pare esta barbarie totalitaria que no solamente masacra, sino que aísla al pueblo de Gaza del resto del mundo privándole de una relación objetiva con los otros, haciéndoles creer que están solos y que nada pueden esperar, anulando todo vestigio de esperanza de resolución del conflicto hasta que Israel lo quiera.

No hay derecho, estamos dejando morir a un pueblo sin mover un dedo. Quizás también por eso somos también algo corresponsables del sufrimiento de los habitantes de Gaza. Este conflicto algún día acabará y la historia nos preguntará que hicimos para evitarlo.

Juan Carlos Redondo
Antropólogo Social, 72 años.

Nagusinet
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