En la segunda mitad del siglo XX, Irun tenía unas cuantas empresas emblemáticas. De las que yo me acuerde, estaban La Palmera, Chocolates Elgorriaga, Porcelanas Bidasoa, Tubesca, Askar, C.A.F y por supuesto la RENFE, además de un gran número de Agencias de Aduanas y de Transporte por su condición de “Irún, ciudad y frontera”, como decía la cabecera del diario de la época La Voz de España.

RENFE (Red Nacional de Ferrocarriles Españoles), se constituyó desde sus inicios en 1941 como una empresa de titularidad pública y ámbito estatal, heredera de aquella otra Compañía de los Caminos de Hierro del Norte. La línea Madrid-Irún fue una de las principales, no en vano era la comunicación que nos mantenía unidos con Europa, por lo que suponía un centro neurálgico de producción y servicios ferroviarios. Acorde con ello, eran muchos los empleados asalariados de RENFE asentados en Irun, sobre todo en las conocidas casas de la Renfe en el Barrio de Anaka, pero lo que verdaderamente nació a expensas de la llegada del ferrocarril fue el Barrio de San Miguel, en donde se asentaron la mayoría de los ferroviarios y donde las vías dividían la ciudad: mirando al Norte, a la izquierda, quedaba este nuevo barrio y a la derecha el Paseo de Colón y el resto de la población. Los ferroviarios eran una familia cuyo ritmo de vida y de el sus familias se acompasaba a los horarios de la estación.

El automóvil estaba todavía en su fase inicial de implantación masiva por lo que la alternativa de transporte era el ferrocarril, especialmente para una población nutrida de un elevado contingente inmigrante que utilizaba el tren para desplazarse todos los años a sus pueblos de origen en Extremadura y sobre todo Castilla.

Había dos estaciones, la principal y todavía existente al final de la calle Estación de donde salían los trenes de largo recorrido, y el apeadero hoy desparecido en la calle Lope de Irigoyen, término para los tranvías, aquellos trenes de cercanías que paraban en todas las estaciones y que iban desde Irún hasta Brinkola-Oñate.

Había ferroviarios que trabajaban en tierra, bien en las estaciones o en los talleres de mantenimiento, mientras otros trabajaban directamente en los trenes: maquinistas, fogoneros, guardafrenos, interventores e incluso limpiadoras que viajaban en convoyes de largo recorrido para su mantenimiento. Al amparo del ferrocarril surgieron otras empresas como Wagons Lits, más conocida como Coches-Cama para viajes nocturnos y con coches que llevaban restaurante, y también empresas de transporte ferroviario como Transfesa.

Mi padre era interventor, hacía tanto el control de trenes de cercanías como de largo recorrido, iba con su uniforme y el famoso taladro para “picar” los billetes de los pasajeros. Cuando volvía a casa después del servicio recuerdo que se ponía en la mesa del comedor para hacer el “parte” diario del trayecto que había prestado.

Los momentos de ocio eran fundamentalmente los de fuera de servicio, era la época de ir a echar la partida. Muchos de ellos iban al Bar Cantábrico que estaba situado frente a la Iglesia de los Padres Pasionistas, donde Senén el barman y Juanito el camarero, con sus chaquetillas blancas, servían una multitud de cafés completos, el famoso café, copa y puro. Este último se alternaba entre el Farias español y el Voltigeur francés. Por mucho sol que hiciera en la calle aquello era como una cueva llena de humo, lo recuerdo porque alguna vez tuve que ir a llevar algún recado a mi padre y el ambiente era casi irrespirable. Con el transcurrir del tiempo el Bar Cantábrico se convirtió en la discoteca Gwendoline, donde tuve la oportunidad de asistir a una actuación de Julio Iglesias ¡qué tiempos!

El contingente ferroviario era tan grande que contaban con otros servicios como el Economato, situado en los bajos del desaparecido edificio de Paseo de Colón, 99. Había que rellenar una cartilla con los productos deseados y que podían comprarse a precios más asequibles. Había también otros economatos como el Economato Laboral de la Calle Serapio Múgica precursor de los actuales supermercados de barrio.

Estaban también otras organizaciones como la Asociación de Ferroviarios, de la que mi padre llegó a ser presidente, y también la Hermandad de Ferroviarios que en aquella época presidía un inspector de Renfe, Demetrio Puerta, que también era concejal en el Ayuntamiento. Estas entidades estaban ubicadas también en el edificio del Paseo de Colón, 99 que era propiedad de Renfe. Allí se celebraban reuniones, comidas fraternales, festivales de Navidad con actuaciones musicales, etc. Una vez se celebró una comida homenaje a ferroviarios jubilados y recuerdo que sobre el plato sopero habían dejado una tarjeta a modo de dedicatoria que decía: “Los ferroviarios en activo a sus compañeros en pasivo”. No sé quién fue su autor, pero me pareció genial. Cómo le tomaba yo el pelo a mi padre a cuenta de la dichosa frase.

Era la época en la que una Asociación que se preciara no podía funcionar sin Director Espiritual, función que les correspondía a los Padres Pasionistas. Primero ejerció como tal el Padre Leopoldo y más tarde el Padre Constantino. La comunidad de los Padres Pasionistas es otro tema que merecería la pena abordar en estas memorias.

Juan Carlos Redondo
Antropólogo Social, 72 años.

Nagusinet
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.