Os había dejado en el primer artículo de Memorias de Irún en el nº 3 de la Calle Lope de Irigoyen, en el Barrio de San Miguel, describiendo e identificando a los vecinos y vecinas. Pero había un aspecto importante, la propia calle, una prolongación de nuestras vidas donde pasábamos más tiempo que en nuestras casas. Si en los portales había viviendas, en la calle había comercios, ahora se llaman de proximidad, pero antes eran las tiendas del barrio donde nuestras madres hacían la compra diaria.

Ya os he hablado del Bar Internacional y de la Señora Flora, del Cine Bidasoa que lo llevaba el Señor Valentín Galarza, creo que vivía con su familia en el Barrio de Santiago. Era el taquillero y un maestro de la cartelería cinematográfica, cada vez que se cambiaba de película clavaba las fotos de la nueva cartelera en un bastidor de madera, para que nos fuéramos haciendo a la idea de qué iba la película. A veces ponía el cartel de “Autorizada para mayores de 18 años” y nosotros, que no llegábamos a esa edad, nos quedábamos con las ganas. Estaba también Jesús “El caramelero”, que todos los días venía con su carrito repleto de golosinas, ahora se llaman chuches, y luego estaban los porteros y los acomodadores, cancerberos del arte cinematográfico.

Más arriba, en la esquina con la calle Fuenterrabía, estaba la panadería y pastelería de Rich, regentada por un matrimonio y la hermana de ella, no recuerdo sus nombres salvo el de la esposa, Angelita. De lo que sí me acuerdo es que los tres hablaban perfectamente francés, tenían muchos clientes del otro lado de la frontera que veíamos cuando entrábamos a comprar el pan. Incluso les obsequiaban con unos chupitos de Ricard, ese licor anisado tan popular entre los franceses. Cuando teníamos algunas perras comprábamos allí los helados, “al corte” se decía entonces: sacaban una barra de helado y con una plantilla metálica marcaban las rayas por donde había que cortar, todo muy meticuloso.

A continuación de la panadería estaba la peluquería de caballeros del Señor Gaona, donde prácticamente todos los meses íbamos a cortarnos el pelo. Recuerdo la satisfacción que me llevé cuando ya no hizo falta poner el alzador infantil a la butaca donde se sentaban los clientes, era como una mayoría de edad pilosa. Luego estaba “La Económica”, una mercería regentada por la Señora Elvira, que con su hija llevaba esa tienda y otra en la Calle Zubiaurre, junto a los bares Algorta y España. Otra hija de la Señora Elvira estaba casada con Paco González, vivían en el nº 1 de Lope de Irigoyen y tenían tres hijos, Chemi, Tato y Ángel. El Señor Paco trabajaba en Sancheski, en Anaca, y la idea que tengo de él, además de desfilar en la escuadra de Caballería del Alarde, es su solidaridad; enfrente de su portal había un banco y hubo un tiempo en que a las horas de la comida se sentaba allí un hombre de raza negra y el Señor Paco, muy discretamente, le llamaba para que se acercara al portal donde le daba comida. A lo mejor pensaba que no le veía nadie, pero lo sabíamos todos.

Después de la mercería estaba la tienda de ultramarinos de Martín Aragón y su esposa. Tenían varios hijos, el mayor se llamaba Marquitos. Era la época en la que había que devolver los cascos usados si queríamos comprar una botella nueva de gaseosa La Pitusa o del vino Savin. Y si queríamos aceite teníamos que llevar una botella de cristal vacía que el Señor Martín llenaba con una bomba manual. Siempre me llamó la atención que la botella fuera de las que usaban para embotellar anís, con esos rombos tallados, supongo que para que no resbalara de las manos al usarla con aceite. Estaba también la cortadora de bacalao, como una guillotina y el papel de estraza para envolver. Entonces sí que era una sociedad sostenible, todo se reutilizaba, no como ahora que es todo desechable. Más nos valdría mantener algunas cosas de aquella época. A continuación, estaba la zapatería Calzados Pombo, creo que mi madre nos compraba allí los famosos zapatos Gorila, que venían con una pelotita verde de goma. Y por último estaba una carnicería, de Equino, carne de caballo. Decían que a los franceses les gustaba mucho.

Nuestra manzana tenía un patio interior que daba a la trasera del Cine Bidasoa y donde había varios talleres. El primero era el de Esteban el Chatarrero. Allí llevabamos los fardos de papel de periódico que habíamos ido guardando en casa y que Esteban pesaba y nos pagaba “a tanto” el kilo, una pequeña ayuda para nuestros bolsillos infantiles. Había más negocios, bares como La Llave, donde poníamos canciones de las de entonces, como “Por un sorbito de champán” de los Brincos; el Chistu, el Sotero, el Iruña, la Amuebladora Flandes, una ferretería, una sucursal de la Caja de Ahorros Municipal, la tienda de reparación de calzado de Santi Vázquez, que había sido jugador del Real Unión. En el portal de al lado vivía Julián Manterola con su familia. Tenía una carpintería cerca y conducía una furgoneta que llamábamos “la Rubia” por el color de la madera, de madera sí, con la que estaba carrozada.

Finalmente me acuerdo también de la Pastelería Aguirre y sus churros, de la Librería la Cierva, la Armería Rafael, la sastrería Gascón y la Fonda Gema. Luego estaba lo espiritual con los Padres Pasionistas, pero eso es ya otra historia para contar más adelante.

Memorias que son recuerdos de nuestras vidas.

Juan Carlos Redondo
Antropólogo Social, 72 años.

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