Lejos de que la realidad sea un hecho incontestable, lo cierto es que está basada en nuestras propias experiencias y vivencias, de tal manera que ante un mismo acontecimiento dos personas pueden tener diferentes criterios, dependiendo del contexto y de sus perspectivas. Por eso los recuerdos de una persona son únicos e intransferibles.
En mi caso, nací un día del mes de agosto del año 1952, en Irun, en la Calle Lope de Irigoyen, pegando al edificio que en aquel momento albergaba el Cine Bidasoa y enfrente del apeadero de RENFE. Ninguno de los dos existe ya. Este edificio tenía cuatro plantas, bueno tiene, todavía existe y un total de nueve viviendas, nosotros vivíamos en el último piso, mis padres, mi hermano mayor y yo.
En la planta baja vivía la señora Obdulia con su familia. Tenía cuatro hijos, un chico, Victorino, y tres hijas: Maruja, Maribel y Gema. En la vivienda vivía también la madre de la Sra. Obdulia. En aquel momento yo no conocía a su marido, tampoco sabía si era o no viuda, aunque años más tarde apareció el marido, que vino a vivir con ellos. Creo que eran originarios de León.
Mientras tanto, la vida continuaba y la madre de la Sra. Obdulia falleció. Recuerdo ir con mi madre a visitarles y en la cocina tenían un gran perol con agua hirviendo donde estaban tiñendo de negro sus ropas para el luto que iban a llevar en los próximos meses.
En la entreplanta había dos viviendas, la de la izquierda ocupada por una familia originaria de Tolosa, los Arsuaga. Vivían los padres, una tía hermana de la madre y cuatro hijos, dos chicos, Mariano y Juan Carlos y dos chicas, Marivi, y de la otra no recuerdo su nombre, pero de lo que sí me acuerdo es que fueron los primeros vecinos que tuvieron una televisión en casa y allí íbamos a pasar un rato viendo la tele. El Señor Arsuaga llevaba la gestión del Cine Bidasoa. Con el tiempo, los Arsuaga volvieron a Tolosa y no hace mucho tiempo localicé a Mariano Arsuaga, reconocido pintor, en una exposición en Zarautz, nos saludamos y recordamos aquellos momentos de la infancia. A los pocos meses leí en el periódico la esquela del Sr. Arsuaga, fui a su funeral en Tolosa, di el pésame a la familia y ya no he vuelto a saber nada más de ellos.
Enfrente de los Arsuaga, vivía la señora Flora que regentaba el Bar Internacional, muy conocido por todas aquellas personas que cogían el tren en el apeadero y sobre todo por aquellos que los domingos iban a bailar al salón Fantasio, donde hoy está el barrio del Pinar. La vivienda se comunicaba con el bar, así que la puerta estaba siempre cerrada, entraban y salían por el bar.

En el primer piso, había tres viviendas, en la de la derecha, vivía la familia de Mariano Moreno, interventor de Renfe, y su mujer Casilda, ambos originarios de Burgos. Eran muy amigos de mis padres. Por cierto, mi padre también era interventor de Renfe. Tenían una hija, Feli, muy guapa, que salió cantinera del Barrio San Miguel en 1963.
Enfrente había dos viviendas más, una de ellas ocupada por la familia Guitera. El padre, Enrique, era fontanero. Le veíamos ir y venir del trabajo con aquella caja metálica de contornos redondeados típica de los fontaneros, y como pluriempleo era también el operador del Cine Bidasoa. Su mujer, Isabel, además de trabajar en casa llevaba también el mantenimiento y limpieza del cine, ardua tarea cuando la mayoría de los que iban al cine comían sus paquetes de pipas que habían comprado a Jesús, al que llamábamos “el caramelero” y las cáscaras de las pipas alfombraban el suelo del cine.
Con los Guitera vivía la madre de ella, la “amuna”. Su hija todas las tardes le arreglaba y la sentaba en el descansillo: era muy mayor y no estaba para bajar y subir escaleras, así que allí pasaba el tiempo saludando y charlando con los vecinos. Recuerdo que era muy entrañable. Con ellos vivían también sus tres hijos, Enrique el mayor, Isabel la mediana y José Antonio el pequeño, de mi edad, que tenía una voz fantástica, cantaba de tenor en el coro infantil de los Pasionistas. Algunos años después cuando yo ya no vivía allí pero no dejaba de desfilar con mi compañía de San Miguel, el día de San Marcial coincidía con José Antonio. Del resto de la familia no volví a saber, bueno del hijo Enrique sí, vi su esquela en el periódico, creo que falleció muy joven.
La tercera vivienda la ocupaba una familia originaria de Ávila, eran el matrimonio y dos hijos, chica y chico, no recuerdo sus nombres, salvo el apodo de la madre, la llamábamos “Chiri”. Lo que me sorprendía y me generaba cierta envidia sana era que la hija mayor iba al colegio de Hendaya, las Escuelas Nacionales. Además de aprender francés, decían que no necesitaban comprar libros de texto ya que pasaban de unos cursos a otros. En fin, nada que ver con lo que se hacía a este lado de la frontera, donde todos los años había que comprarlos.
En el segundo piso sólo había una vivienda, la ocupada por la familia del dentista D’Anjou. Tenían también otra vivienda en el anterior portal, ambas estaban comunicadas, una la utilizaban de consulta y otra de vivienda. La familia estaba formada por el matrimonio y dos hijas, nunca tuvimos mucha relación con ellos, eran un poco herméticos. Muchos años después coincidí con la hija mayor en un gimnasio de Donosti, me dijo que su madre y su hermana vivían en Santander. Nunca más supe de ellos.
En el tercer piso había también una sola vivienda, estaba ocupada por la familia del señor Pepe Martínez, su mujer María Urquiri, originaria de Mutriku y dos hijos, José y Martín. Años después este último se hizo muy popular en Irún al regentar con un socio un pub en la Calle Fuenterrabía, “El Boliche”. La familia tenía arrendada una habitación, la más grande, a una modista que tenía instalada allí una academia de corte y confección, Mariasun, creo que se llamaba. De la fachada colgaba un cartel anunciando la academia. Todas las tardes la vivienda se llenaba de alumnas, tantas que no necesitaban tocar el timbre: habían hecho un agujero a la puerta de entrada y pasado una cuerda que, tirando de ella, habría automáticamente, los orígenes rudimentarios del portero automático.
El señor Pepe era Agente Comercial y fue el primer vecino en tener un teléfono en casa, uno de aquellos de baquelita negra colgado en la pared y si alguien quería hablar con alguno de los vecinos llamaba a ese teléfono y la señora Mari nos avisaba para que fuéramos a atender la llamada. La solidaridad vecinal estaba muy normalizada.
En la cuarta planta, vivíamos nosotros, los Redondo, matrimonio formado por Telesforo e Isabel y sus dos hijos, Félix y Juan Carlos. Como ya he dicho antes mi padre era interventor de Renfe, luego con los años opositó y ascendió a Inspector de Intervención.
Así transcurría la vida de nuestra vecindad. Era el tiempo en que venía la lechera de Fuenterrabía. Todos los días subía hasta el primer piso y nosotros bajábamos para que nos sirviera la leche en el “hervidor”, una cazuela con una forma especial que teóricamente evitaba que la leche se derramara al hervirla, aunque no siempre era una ciencia exacta, ya que algunas veces la leche acababa escapándose.
Ya veis, se trataba de una vecindad como otra cualquiera, donde cada familia era un mundo que se comunicaba a través de la escalera, que además de servir para subir y bajar era vía de comunicación vecinal, de solidaridad familiar, de amistades, de juegos infantiles, de teléfonos y televisiones compartidos, de llorar y reír… ¡qué recuerdos!
Juan Carlos Redondo, Antropólogo Social, 72 años.
