“Todos los que son de aquí de toda la vida, descienden de alguien que vino de otra parte”, esta frase está incluida en el libro Vuelta al país de Elkano, del autor Ander Izagirre último premio de Euskadi de Ensayo en castellano y no puedo estar más de acuerdo con esta afirmación, deberíamos tenerlo siempre en cuenta cada vez que nos encontremos con un/a inmigrante.
La migración es un fenómeno que acompaña la historia de la humanidad; desde siempre las personas se han desplazado continuamente, el ser humano tiene dos impulsos oriundos de la vida, el de conservación y el de reproducción; por ello, el recurso de la migración siempre ha estado presente y más en nuestros días cuando supone un fenómeno cada vez más extendido y generalizado. En muchas ocasiones parece no haber otra alternativa, incluso poniendo en riesgo la vida de quienes migran, porque demasiadas veces supone también una huida que convierte a las personas en refugiadas. No hay más que ver las imágenes de hace unos meses en la valla de Melilla, o las pateras que están llegando continuamente a nuestras costas con miles de emigrantes, sin contar los que se han quedado en el camino, que no son pocos. No podemos olvidarnos de los actuales escenarios bélicos en Ucrania y en la franja de Gaza, donde los informativos nos muestran directamente hasta dónde puede llegar la insensibilidad del ser humano y que como decía la filósofa Hanna Arendt ha llegado a banalizar el mal, como algo que simplemente ocurre y puede justificarse.
Nuestro país ha sido desde siempre una sociedad tanto emisora de emigrantes como receptora de inmigrantes y si nos centramos en el País Vasco durante el llamado periodo del “desarrollismo español” (1961-1975), caracterizado por el desarrollo y cambio económico, político y social, alentado por el informe del Banco Mundial en 1962 que no veía otra salida al autarquismo franquista, cuando a Gipuzkoa en general y a Irún en particular llegaron grandes contingentes de personas, muchas de ellas desde Extremadura, cuya población en ese periodo se redujo por efecto de la emigración en un 34%, 380.000 personas, mientras que las zonas industrializadas ganaban un 38%.
Para mi Trabajo de Fin de Grado en Antropología Social, tuve la oportunidad de entrevistar a tres personas extremeñas a partir de sus vivencias construidas desde el momento actual de su jubilación. Recuerdo también mi niñez en Irún cuando llegaban trenes repletos de personas, la mayoría hombres con sus maletas de madera y cartón y sus trajes de pana en tránsito hacia otros países de Europa y veía a amas de casa en la Calle Estación ofreciendo una habitación en su casa familiar para conseguir un dinero extra que aliviara sus magras economías. En mi cuadrilla con 14 años, en nuestro barrio, donde antes estuvo el Cine Bidasoa, jugábamos autóctonos y foráneos y entre todos construíamos un mundo a la altura de nuestras expectativas. Todo ello me hizo comprender que la migración no hace a las personas mejores o perores, sino diferentes; hasta el punto de que la experiencia migratoria cambia no sólo la vida de esas personas que migraron, sino también de las de la sociedad receptora, de tal manera que la reconstrucción de su identidad va a verse influenciada por la interacción con los y las inmigrantes, que a su vez son sujetos activos de las transformaciones sociales en la comunidad receptora. Los inmigrantes representan a “los otros” y con ello, no solo se identifican a sí mismos/as, sino que también nos definen a “nosotros/as”. Por ello, el País Vasco ha tenido que redefinir, mejor reajustar los términos de su identidad colectiva, el “ser vasco”, por la interacción de los inmigrantes, “los otros” con “el nosotros”. No me quedan dudas de que en mayor o en menor medida todos y todas tenemos una historia de migración en nuestro recorrido vital.
No quisiera terminar este artículo sin cuestionarme la siguiente pregunta: ¿Cuándo se va a entender en nuestra sociedad que los inmigrantes que llegaron a Euskadi en la segunda mitad del siglo XX no eran personas proscritas?, y desde luego no merecieron ser tratados despectivamente; epítetos como manchurriano, coreano, maketo e incluso el gentilicio cacereño -del que ellos y ellas se sentían tan orgullosos y orgullosas- eran usados de manera habitual para dirigirse a esas personas de forma peyorativa. No obstante, y en honor a la verdad, ni todos fueron tratados así ni tampoco todos los autóctonos practicaron esa discriminación.
Alguna vez habrá que reconocer que la sociedad vasca actual, moderna, innovadora, progresista, democrática, no habría podido ser construida como tal, sin la llegada de los inmigrantes que cubrieron los puestos de trabajo que la industria vasca no conseguía ocupar con los trabajadores autóctonos o que estos directamente rechazaban. En el País Vasco, la memoria histórica es también la de nuestros migrantes, tanto de los que emigraron, fundamentalmente a América, como de los que luego vinieron (inmigrantes), y que hoy en día continua, aunque de forma más globalizada.
Para finalizar quiero terminar con unas palabras de Pepe, uno de los informantes entrevistados, sobre su identidad y que de alguna manera reproduce el título de este artículo: Cuando voy al pueblo de vacaciones me llaman el forastero y cuando vengo aquí, me dicen lo mismo, entonces, ¿de dónde soy yo?
Juan Carlos Redondo
Antropólogo Social, 71 años.
